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Capítulo 1

El Susurro del Cuervo

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Ismark iba por la cuarta copa de aguardiente.

Afuera, la lluvia no le daba tregua a la Villa de Barovia. Adentro, en El Susurro del Cuervo, el aire olía a cerveza, guisos de carne y tabaco. La tormenta había empujado a más gente de la habitual, pero las risas y el crepitar del fuego central le llegaban amortiguados, como desde otra habitación.

Su porte noble había visto días mejores: su chaqueta de terciopelo se encontraba arrugada y le asomaba una mancha de vino en la solapa; su cabello castaño desordenado y la barba incipiente enmarcaban un rostro de ojos vidriosos que estaban fijos en algún punto de la barra.

La sensación de peligro había estado creciendo durante semanas. Primero fueron los rumores sobre su hermana, después las sombras que merodeaban la mansión por las noches. Había querido creer que eran habladurías, pero entonces mataron a su padre.

Ismark alzó la mano para pedirle al tabernero otro trago, pero este estaba enfrascado hacía rato en una conversación.

—…lo rematé con un mazazo en la cabeza —decía un hombre de complexión robusta y cabello plateado. Sus brazos musculosos y manos callosas empuñaban un arma imaginaria—. ¡PUM! Lo mandé a dormir de un golpe. ¿O no, Pancracio?

—Pero había tres más esperando arriba —respondió un joven de cabello oscuro y porte elegante, cuya actitud relajada contrastaba con la gravedad del relato—. Nos tendieron una emboscada perfecta. Si no fuera por…

—Por mi puntería —interrumpió otro, sin dejar de sonreír a una moza que le acercaba una copa de vino. Era delgado, de pelo blanco y ojos verdes, con pecas salpicadas por la nariz—. Dos flechas, dos vampiros menos. Aunque admito que el tercero casi me arranca la cabeza.

Ismark había ido acercándose poco a poco, el vaso de aguardiente todavía vacío en su mano. ¿Va-vampiros?

—El tercero fue mío.

La voz surgió desde una mesa cercana. Como si hubiera aparecido de la nada, una figura se deslizó hasta plantarse junto al grupo en la barra. Sus ropajes eran oscuros como su piel, y exóticos. Con un movimiento fluido, desenvainó un estoque y lo clavó en la superficie de madera.

—Una estocada. Directo al corazón.

El acero vibró y el silencio se instaló de inmediato; todos los ojos quedaron fijos en la hoja que ahora se alzaba desde la barra.

El tabernero soltó una carcajada nerviosa mientras limpiaba un vaso.

—Ahora sé a quién llamar cuando tenga problemas con ratas —bromeó.

Las conversaciones en la sala se reanudaron gradualmente, aunque más de uno siguió echando miradas al estoque clavado.

Ismark ya estaba de pie, a un paso del grupo. No recordaba haberse levantado del taburete. Los muchachos intercambiaron miradas, evaluando al recién llegado.

—Disculpen la intromisión —carraspeó Ismark.

—¿Y tú eres…? —preguntó el del cabello plateado, entrecerrando los ojos.

El tabernero dejó el vaso sobre la barra.

—Un poco más de respeto, forastero. Es Ismark Kolyanovich, el hijo del burgomaestre. —Bajó la voz—. Que en paz descanse.

Nadie dijo nada. Ismark apretó el vaso vacío entre los dedos. Todavía no se acostumbraba a oírlo.

—Mi hermana está en peligro —dijo al fin, y su mirada se deslizó hacia el estoque clavado en la barra—. Necesito gente capaz de protegerla y llevarla a Krezk. Puedo pagar generosamente.

El joven de pelo blanco dejó la copa.

—Kaleb, a su servicio —se presentó, con una reverencia que casi le hizo derramar el vino—. Ellos son Sinnos y Pancracio; y el que acaba de arruinarle la barra a este buen hombre es Laghai.

El tabernero miró la marca en la madera y suspiró.

—Y aquella de allá —continuó Kaleb, señalando con la copa hacia una mesa cercana— es…

Una mujer ya se estaba poniendo de pie. Se colocó la capucha sobre el cabello rubio trenzado y se acercó a la barra con la mirada puesta en la puerta.

—Alexis —dijo—. Y quizás sea mejor hablar en un lugar más… privado.

Ismark parpadeó y echó un vistazo alrededor, donde varias personas curiosas prestaban atención a la charla.

—T-tiene razón —dijo, titubeando un poco—. Mi mansión no está lejos. Les ofrezco una cena por las molestias, si les parece.

El grupo aceptó y se dispuso a salir.


La transición del calor sofocante de la taberna al aire frío y cargado de la noche fue como sumergirse en agua helada.

La lluvia intensa había mutado finalmente en una llovizna suave. Los pasos del grupo resonaban contra las paredes de piedra mientras seguían a Ismark a través de los callejones. Eran las mismas calles de siempre, pero esa noche cada portal a oscuras le parecía un buen lugar desde donde alguien podía estar mirando.

—Disculpe —Kaleb se adelantó unos pasos para hablarle—. Si no escuché mal, el tabernero dijo que su padre era el burguermaestre… ¿exactamente qué significa eso?

—Burgomaestre —corrigió Ismark—. Uhm… sería como el que está… estaba a cargo del pueblo. Ahora ese cargo lo tengo yo.

—Ah —dijo Kaleb, y por una vez no agregó nada más.

Siguieron caminando unos pasos antes de que Ismark volviera a hablar.

—Ustedes evidentemente son nuevos en Barovia.

—Oh, sí, incluso todos nos conocimos aquí —respondió Kaleb, recuperando el tono risueño—. Llevamos dos semanas… dos maravillosas semanas juntos.

Kaleb miró sonriente al grupo esperando algún comentario. Sinnos se limitó a poner los ojos en blanco; los demás siguieron caminando en silencio.

La mansión apareció gradualmente desde la bruma. Desde el funeral, a Ismark le costaba verla como su casa. Varios guardias con capuchas flanqueaban la propiedad; los había contratado él mismo la semana anterior y todavía no sabía sus nombres. Al reconocerlo, uno de ellos hizo una seña y el portón se abrió sin palabra alguna.

Atravesaron los jardines siguiendo un sendero de piedra que serpenteaba entre setos podados y rosas pálidas, hasta llegar a la entrada principal de la mansión.

—Pasen, por favor —ofreció Ismark.

El grupo entró sacudiéndose la lluvia de las capas y abrigos, dejando pequeñas gotas en el suelo de mármol del vestíbulo. Ismark hizo un gesto despreocupado con la mano.

—No se preocupen por el agua —dijo mientras los invitaba a avanzar.

A los pocos segundos, una joven apareció en el umbral.

—Ismark, llegaste justo para la cen… —Su hermana se detuvo en seco al ver al grupo de extraños que se encontraba en su entrada.

No dijo nada al principio. Simplemente los observó uno por uno, y aunque su expresión se mantuvo cortés, Ismark la conocía demasiado bien. El cabello cobrizo le caía en ondas naturales sobre los hombros y enmarcaba un rostro de mandíbula tensa.

—Está todo bien, Ireena, es gente confiable.

Sinnos resopló, divertido, y Pancracio le dio rápidamente un codazo.

—Un gusto, señorita —dijo Kaleb, inclinándose con un dejo teatral.

Ireena le frunció brevemente el ceño a su hermano, que le sonreía tambaleándose un poco, y ejecutó una perfecta y muy veloz reverencia para el grupo.

—Bienvenidos.

Ismark se le acercó con pasos cuidadosos y le murmuró algo al oído. Ella apretó los labios, pero asintió y se dirigió hacia el comedor con pasos medidos.


El grupo se acomodó en los sillones de cuero gastado del salón. Desde la cocina llegaban oleadas de aroma a carne asada, pan recién horneado y hierbas que hicieron que les rugiera el estómago.

—Mmm, sí, creo que perfectamente podríamos pedir cincuenta monedas por cabeza —murmuró Sinnos a Pancracio, mientras examinaban los costosos tapices que adornaban las paredes.

Alexis se había quedado observando el retrato familiar que dominaba el centro del salón: dos niños posaban junto al fallecido burgomaestre, que emanaba autoridad en sus facciones incluso desde el lienzo. El cabello rojo de la niña Ireena destacaba vibrante entre los tonos oscuros de su padre y su hermano. Estaba arrodillada junto al sillón, abrazando a un perro de pelaje dorado, con el hombro apoyado en la pierna de su padre. Era la única que sonreía.

El sonido metálico de un tenedor golpeando el suelo resonó desde el comedor contiguo. Alexis giró la cabeza hacia el ruido. Por la puerta abierta vio a Ismark sosteniendo una taza humeante, bebiendo a sorbos lentos, mientras Ireena, a su lado, le hablaba en voz baja pero de manera insistente. A su alrededor, las criadas terminaban de preparar la mesa.

Su hermano, con el rostro cansado, se limitaba a asentir para calmarla.

Ireena de pronto notó que Alexis los estaba mirando. Alexis sintió un escalofrío y apartó la vista.

Cuando volvió a mirar, Ireena estaba cerrando la puerta del comedor.

A los pocos minutos, la puerta volvió a abrirse y una de las criadas le hizo un gesto respetuoso al grupo para que pasara al comedor.

Se acomodaron alrededor de la mesa de roble sin demasiado protocolo, aunque todos parecían conscientes de que estaban en un ambiente más formal del habitual. Nadie ocupó la cabecera, ni siquiera Ismark. Ireena tomó asiento junto a él, con las manos cruzadas sobre el regazo y la postura demasiado recta.

Finalmente, fue Ismark quien rompió el silencio.

—Les agradezco por venir —expresó—. Llevo semanas buscando gente competente que pueda ayudarme con esta situación.

Hizo una pausa, pasándose una mano por el cabello.

—Las cosas alrededor de nuestra familia han estado extrañas. Hemos estado con la sensación de que nos observan.

—¿Por algo en particular? —preguntó Pancracio, inclinándose hacia adelante con interés.

Ismark intercambió una mirada con Ireena antes de responder.

—Me pareció ver gente rodeando la propiedad, por eso reforcé la seguridad y empecé a pensar que tal vez estaba siendo paranoico, hasta que… —la voz se le atascó. Miró a Ireena, y ella, sin dudarlo, extendió su mano para cubrir la suya sobre la mesa. El gesto fue pequeño pero suficiente para que él pudiera continuar— hasta que mataron a nuestro padre.

Un silencio pesado se instaló en la mesa, solo roto por el sonido de la lluvia, que empezaba de nuevo.

—Dijeron que fue un accidente —agregó con amargura—, pero yo sé que no fue así. Y ahora temo que vayan por mi hermana.

Ireena bajó la mirada hacia su plato.

—¿Y por qué ella específicamente? —preguntó Alexis.

Ismark vaciló.

—No sé exactamente qué quieren, pero después de lo que pasó con nuestro padre, todo se volvió más peligroso y no quiero correr riesgos. Necesito que salga de este pueblo cuanto antes.

—En la taberna mencionaste que había que llevarla a Krezk —dijo Laghai con una voz pausada y directa—. ¿Por qué ahí?

—Es más seguro —respondió Ismark—. Estaría lejos de todo esto, con gente de confianza.

—¿Y cuánto oro significa esa “seguridad”? —preguntó Sinnos.

—Cincuenta monedas por cabeza.

—Cien —dijo Sinnos de forma tajante, con la boca llena.

Ismark apretó la mandíbula.

—Sinnos… —comenzó a hablar Pancracio, pero lo interrumpió Ireena.

—Eso es desmedido.

Su voz sonaba extrañamente tranquila. Sinnos se encogió de hombros con indiferencia.

—Muchacha, esto va a ser peligroso. No va a ser precisamente un paseo por el parque rodeados de margaritas.

El comentario de su compañero le dibujó una sonrisa a Alexis.

Ireena lo captó de inmediato y arqueó una ceja.

—Discúlpeme, ¿esto le resulta gracioso?

Alexis la miró directamente, sin rastro de culpa en sus ojos.

Ireena continuó, dirigiéndose al grupo en general:

—Entiendo que este es su trabajo, pero nuestro padre acaba de morir. ¿No podrían mostrar un poco más de… decoro? La gente educada no regatea en situaciones como esta.

—¿Gente educada? —la voz de Alexis cortó el aire—. Qué forma elegante de decirnos que somos unos salvajes.

Ireena abrió la boca como para responder, pero Alexis continuó:

—Como dijo Sinnos, va a ser peligroso. Pero claro, es fácil opinar del trabajo ajeno cuando nunca tuviste que hacer ninguno. Dudo que sepas siquiera cómo se lava un plato.

El rubor subió por el cuello de Ireena hasta teñir sus mejillas. El comedor quedó nuevamente en completo silencio.

Un trueno distante rugió y los cristales de las ventanas temblaron.

—Por cierto… ¿ya probaron el pan? —dijo Kaleb con una sonrisa nerviosa—. Se deshace en la boca.

Nadie le contestó. Ismark se acomodó en su silla.

—Bien —dijo finalmente, con un suspiro—. Cien monedas serán.

Sinnos asintió, satisfecho, mientras que Ireena miró a su hermano con incredulidad.


El resto de la cena transcurrió entre silencios incómodos. Luego, con café de por medio, Ismark desplegó mapas sobre la mesa, trazando rutas alternativas con el dedo mientras explicaba los peligros de cada camino. Se habló de provisiones necesarias, de horarios de partida, de nombres de personas con quienes tratar.

Mientras detallaba los puntos de descanso seguros en el camino a Krezk, Ismark notó que Ireena alternaba su atención entre las explicaciones y miradas furtivas hacia Alexis.

Más tarde, las criadas prepararon el vestíbulo para que los invitados pudieran dormir ahí. Ismark se despidió del grupo, pero antes de subir se detuvo en el salón, frente al retrato familiar. Su padre lo miraba desde el lienzo con esa expresión que siempre había confundido con severidad, pero que ahora reconocía como preocupación.

—Espero estar haciendo lo correcto, padre —murmuró.

Ismark apagó las velas y subió a su habitación.

Fin del capítulo

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