Capítulo 2
El estoque de su padre
—Esto no se lo comerían ni los perros —protestó Sinnos, sacudiendo un embutido frente a la cara del carnicero—. Y encima pretendes cobrarme el doble.
Laghai permanecía inmóvil a sus espaldas, y el carnicero no dejaba de echarle ojeadas nerviosas por encima del hombro de Sinnos.
A esa hora, la niebla de siempre seguía enredada entre los techos de la villa. La lluvia había cesado durante la noche y los adoquines todavía brillaban. Los comerciantes desplegaban sus mercancías sobre mesas que aún goteaban, y sus voces roncas se perdían entre las calles de piedra irregular.
Unos puestos más allá, Kaleb elogiaba los ojos de una anciana dueña de carretas mientras negociaba el precio de una. Pancracio se había quedado en la mansión con Ireena, ayudándola a preparar las mochilas.
Alexis recorría los puestos sola. Los vendedores la evaluaban con esa mezcla de interés y desconfianza que reservaban para los forasteros armados. Una niña con la cara sucia le ofreció manzanas arrugadas desde una canasta de mimbre. Alexis le compró una y le sonrió.
Ya había visto a Ismark dos veces entre los puestos, siempre unos pasos más atrás, fingiendo interés en cualquier cosa. A la tercera, él se decidió a acercarse, rascándose la nuca.
—Señorita Alexis —dijo, deteniéndose a unos pasos de ella—. Sobre anoche… quería disculparme por mi hermana. Sé que lo que dijo estuvo fuera de lugar. Estamos atravesando un momento difícil, pero aun así…
Alexis se giró hacia él.
—Ismark, tu hermana no es una niña. Si quiere pedirme disculpas, puede hacerlo ella misma.
Ismark se pasó los dedos por el cabello.
—Ahora soy responsable de ella —titubeó—. Tengo que asegurarme de que todo esté bien.
—Una cosa es protegerla del peligro —dijo Alexis—. Otra muy distinta es hablar por ella.
Se detuvieron junto a un puesto de telas.
—¿Ella al menos quiere ir a Krezk?
—Es lo mejor para ella —respondió Ismark, sin dudar—. Y no es para siempre. Solo necesito que esté segura hasta que las cosas se calmen por aquí. Después iré yo mismo a buscarla.
—Eso no es lo que te pregunté.
Ismark suspiró.
—Ireena no es como tú. Ella no podría…
—¿Y cómo sabés si no la dejás siquiera intentarlo?
Caminaron unos pasos en silencio. El olor a leña quemada y humedad parecía impregnar cada rincón de la villa.
—Ireena es todo lo que tengo —murmuró al fin—. Si algo le pasara, yo…
—Va a estar bien —dijo Alexis, encontrando su mirada—. Pero tenés que confiar en ella también.
Ismark hizo una pausa, reflexionando.
—Nunca conocí a alguien como tú.
Alexis de golpe sintió un calor invadiendo su cara y desvió la mirada. Ismark sonrió.
—¿Aceptarías una copa esta noche? Me gustaría… seguir conociéndote.
Alexis tardó en responder.
—Puede ser —dijo finalmente.
La habitación guardaba el desorden de las últimas horas: ropa desparramada sobre una silla, dos botellas vacías en la mesa, el aroma tenue a vino derramado mezclado con el de las velas consumidas.
Ismark dormía profundamente, con un brazo todavía alrededor de ella. Respiraba pausado, y su rostro tenía una tranquilidad que Alexis no le había visto. Sin las preocupaciones del día, parecía más joven.
Con movimientos lentos, se deslizó fuera de su abrazo. Ismark murmuró algo ininteligible y se acomodó contra la almohada vacía, sin despertar. Alexis recogió sus cosas del suelo.
La madera del piso crujía apenas bajo sus pies. Al salir, vio a un guardia apostado al final del pasillo, que la saludó con un gesto silencioso.
Los corredores estaban en penumbras, apenas iluminados por algunas lámparas de aceite que hacían temblar las sombras en las paredes. Frente a la habitación de Ireena, otro guardia hacía su ronda.
En el vestíbulo, el grupo dormía donde las criadas les habían armado las camas. Kaleb roncaba exageradamente, Sinnos murmuraba algo sobre “esos malditos dados cargados”, Pancracio tenía un brazo colgando del sillón tras haber perdido una batalla contra la gravedad, y Laghai descansaba junto a la ventana, tan quieto que parecía parte de las sombras. Abrió los ojos cuando ella entró, pero no dijo nada.
Alexis se acomodó en un rincón libre, cerró los ojos y fingió dormir hasta que llegó la mañana.
Con las primeras horas grises, la niebla todavía envolvía los jardines de la mansión. El grupo terminaba de cargar las provisiones en la carreta que Kaleb había conseguido. Ismark apareció acompañado de una criada que llevaba una pequeña caja de madera labrada y algo envuelto en terciopelo rojo.
—El resto, al llegar a Krezk —dijo, entregándole la caja a Sinnos, que la examinó con una sonrisa especulativa antes de hacerla desaparecer entre sus ropas.
Cuando todo estuvo listo para partir, Ismark se despidió de cada uno. Al llegar a Alexis, pareció dudar si abrazarla o no. En cambio, le tomó la mano con torpeza y la sostuvo más tiempo del necesario. Alexis sintió las miradas del grupo clavadas en la nuca.
Ismark soltó la mano de Alexis y carraspeó. Al girarse, se encontró con Ireena, que lo miraba con el ceño fruncido.
Le hizo una seña a la criada, tomó el bulto de terciopelo y se acercó a su hermana. Lo desenvolvió delante de ella: un estoque elegante y antiguo, con grabados delicados en el mango que brillaban tenuemente en la penumbra.
—Era de nuestro padre —dijo, con la voz más grave de lo habitual—. Las cosas pueden ponerse peligrosas y quiero que lo tengas tú.
Ireena sostuvo el arma con respeto, pero le temblaban las manos.
—¿Estás seguro de todo esto, Ismark? —preguntó en voz baja.
Él se inclinó hacia ella.
—Esto terminará pronto, te lo prometo.
Ireena asintió. Tenía los ojos vidriosos, pero la barbilla firme.
—Está bien.
Ismark la abrazó fuerte y le besó la frente. Después se volvió hacia el grupo.
—Cuento con ustedes.
—Puede estar seguro de ello —respondió Pancracio con una inclinación cortés—. Le agradecemos la confianza.
Subieron a la carreta. Alexis titubeó un instante, pero terminó sentándose junto a Ireena. Esta la miró de reojo y volvió a buscar a su hermano por encima del hombro.
Laghai suspiró.
—Va a ser un viaje largo.
—¡Pero vamos! ¡Va a ser divertido! —exclamó Kaleb—. Nuevos pueblos, nuevas caras…
Alexis observó en silencio cómo Ireena apretaba el estoque de su padre contra el pecho, sin dejar de mirar atrás.
Sinnos tomó las riendas y los caballos echaron a andar. La carreta se alejó de la mansión con un traqueteo constante, y la niebla volvió a tragarse el ruido de los cascos sobre los adoquines mojados. La villa se fue desdibujando detrás de ellos hasta quedar reducida a una mancha gris.
Fin del capítulo
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